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Paula López Zambrano abril 14, 2011
Al entrar en la primer sala de la exposición Resplandor y Soledad, perdí la noción espacial del estar dentro de un museo de arte. También disminuí, en gran medida la noción del tiempo, porque al enfrentar fuertes estímulos sensoriales me olivé de su transcurrir. Sucedió con piedras volcánicas que cubren el piso de toda la sala. Una secuencia de catorce dibujos sobre papel de gran formato colocados en sus paredes, y un gran y oscuro “lago” que refleja, inversamente, las imágenes en papel y ubicado justo en el medio de toda la composición.
La exposición de Cai Guo-Qiang (Guanzhou, China, 1957) —ganador del León de Oro en la 48 Bienal de Venecia en 1999, reconocido con el séptimo Premio de Arte Hiroshima en el 2007, y uno de los titulares del equipo creativo para las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008—, se divide en dos salas: en una de ellas se encuentra la instalación que lleva el título de la muestra, un proyecto hecho in situ para el museo; y una segunda sala, que presenta proyecciones de videos que registran algunas obras del artista desde 1990, así como algunas escenas del proceso creativo por el que pasó para realizar la instalación de México.
Al inmiscuirme en el espacio, el escenario comenzó a hacerse familiar y fui reconociendo ciertas características del paisaje mexicano y sus condiciones geológicas; como magueyes, águilas, los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, algunos personajes históricos, entre otros elementos que forman parte del repertorio político e histórico de México, todos coronados con la imagen de un inmenso sol negro que particularmente llama la atención. Pensé en ubicarme en una versión del valle de México, pero me sorprendió aún más el reconocer que los dibujos están hechos a base de pólvora, y dudé si el gran “lago” era, en efecto, de mezcal (ya que llegué con ese dato ya en la cabeza cuando acudí a la exposición) y representando el ahora seco lago de Texcoco.
De primer impresión pensé en los mitos fundacionales de un México sacados de cualquier guía de historia para turistas o de alguna publicidad con intereses políticos, vista a través de la mirada de un extranjero, que me podría hacer notar un cierto aire de ingenuidad. La técnica y el entorno tan perturbador cobró, en cierta medida, un carácter de espectacularidad. Pero, utilizando como punto de partida esta exploración por la innovación técnica así como el uso de símbolos icónicos de la historia, el artista logró abarcar un contenido profundamente individual que lo llevó a desarrollar una peculiar narrativa visual. Partió de la experimentación en cuanto al uso de las tradiciones y los materiales y terminó por emplear y manipular fuertes elementos simbólicos que forman parte del imaginario de una nación apropiándose de ellos a manera de diario de viajero.
Es posible reconocer la mano del chino en la técnica de fuego utilizada en obras anteriores, sus dibujos previos realizados a partir de explosiones de pólvora y explosivos sobre grandes pliegos de papel. Tal como lo ha hecho a lo largo de su trayectoria artística, su propuesta abarca temas como la mitología antigua, la historia militar, la cosmología taoísta y filosofía budista. No es excepción, para México, el encontrar en el análisis de ideas sobre la identidad, la historia, la individualidad y las posibilidades técnicas del arte, la base de su inspiración.
La obra de Cai Guo-Qiang es el resultado de una reacción rápida, agresiva y voraz en la que se aplica una dosis de experimentación, control y dominio del fuego. Este elemento cubre la función que tendría el tradicional pincel y, a partir de una cierta reacción química, se sustituye el material que bien podría ser carboncillo o tinta china con una poco convencional paleta sujeta a los caprichos de la química.
Me hizo pensar en la destrucción como base para la ceración, en la conversión de los elementos, en las premisas renacentistas en cuanto a la transformación de la materia y en la alquimia. Cai Guo-Qiang me obligó a tomar conciencia de los cambios contantes del tiempo y de la energía. Pero, sobre todo, recordar que la pólvora, una invención de los alquimistas chinos en el siglo IX, fue un encuentro fortuito en la búsqueda por el elixir de la eterna juventud y un material utilizado para los desinteresados fuegos artificiales. La pólvora, palabra que lleva el significado de medicina de fuego, se manipuló y terminó por cubrir finalidades bélicas al emplearse en armas de guerra.
El resultado de tales reacciones es una escena desoladora, como si todo el material, en efecto, hubiera sobrevivido a una batalla. El conjunto de la obra Resplandor y Soledad me dio la impresión de ser una marca, y sentía estar situada en el medio de un momento pacífico que le sigue a un episodio muy violento. Las pinturas eran como heridas de un fuego que consume, como rastros de un pasado que me obligaron a pensar que la historia, lo heroico y la identidad no son más que una ilusión, y que en nuestra contemporaneidad, tales imágenes, tan utilizadas y aún tan presentes de forma ridículamente insistente en nuestra cultura visual, en efecto, permanecen en una memoria que rebasa las fronteras políticas, pero en calidad de cenizas y quemaduras.
Cai Guo-Qiang realiza una lectura simbólica de la historia de México, casi equiparable a las crónicas que hicieron los artistas viajeros, como Alexander Von Humboldt en el siglo XIX. Tiene una mirada subjetiva y con aires románticos de extranjero, pero trasladada a nuestro contexto de rápida comunicación e intercambio mediático de información. Se plantea una situación que mezcla mitos, una ficción dramática de una historia que, al ser nuestra y al ser vista por el público mexicano, adquiere una especie de nostalgia por un pasado muy remoto, que también podría ser una construcción ideológica.
Partiendo de una interpretación finalmente muy individual la obra me hizo ver que todavía, en un nivel casi inconsciente, perdura un deseo por creer en conceptos como la nación y lo mexicano. El artista utiliza al fuego como arma para quemar ese velo. Mientras el dibujo del oscuro sol resplandecía a través del reflejo de la instalación de mezcal, me sentí perdida, como en un duelo y en el silencio del escenario. Sentí una fuerte ausencia y aún con la presencia de una buena compañía, terminé por encontrarme con mi propia soledad.
Con Resplandor y Soledad finaliza el ciclo Hechos y delirios: soporte, materia y trabajo, del programa del MUAC, donde se planteó retomar y abordar “…la figura platónica del artista y el poeta como ilusionistas para mostrar el modo en que la materia en el arte es el lugar donde el ‘artesano’ libera la fuerza de la vida y convierte el trabajo en una pura ilusión…”. Sin embargo, a pesar del énfasis en la labor del artista por la manipulación del material y la creación artística, es importante notar que la exposición paralela, Espectrografías, memorias e historia, aborda una temática similar a la de Cai Guo-Qiang. Pero, en este segundo caso, haciendo énfasis en la manipulación de la historia con los pretextos conmemorativos del Bicentenario el año pasado.
El título de la segunda exposición contiene este mismo tinte nostálgico: el pasado, los recuerdos y lo fantasmal. Aborda la temática de la historia, y de lo que no está escrito en los documentos oficiales; es decir, lo que no es visible a la mirada y lo ausente, la historia convertida en espectro, en un fantasma aterrador o imagen de la muerte que selecciona y excluye, convertida también en una especie de ficción, pero fragmentada en gritos y silencios.
La exposición se divide en cuatro salas y llama la atención la investigación de los archivos del libro de texto de Carla Herrera-Prats, donde estudia la configuración iconográfica y cambios de percepción con el tiempo en torno a la figura del indio, como personaje mítico, dependiendo de las situaciones históricas y los intereses políticos a los que ha estado sujeto. Jota Izquierdo, por su parte, investiga la producción de mercancía pirata, cuestionando el capitalismo impuesto en el sistema donde los productos “…encierran en sí mismas la promesa y el fracaso de un modelo económico que emerge como delirio y afirma una estructura mimética bajo el lema ‘lo mismo, pero más barato’…”. También se presenta obra de Tania Candiani, Vicente Razo, Melanie Smith, Carlos Aguirre, Pablo Macias entre otros, que indagan en la temática sobre los procesos para construir la historia y generar relatos.
La muestra, curada por José Luis Barrios, Helena Chávez Mac Gregor, Pilar García , Sol Henaro y Jorge Reynoso, aborda al 2010 como un “momento de disyunción entre pasado, presente y futuro que, al intentar mantener una prometida estructura temporal homogénea en el progreso, lo que hace irrumpir es el delirio: promesa, fallo y negación”. La historia puede ser tan ridícula como cualquier de espectáculo común, pero que si nos detenernos y pensamos en sus consecuencias, puede resultar un híbrido de verdad y mito, una serie de historias que, de manera casi aterradora, reúnen diferentes voces, fragmentos de la historia de México, y que oscilan entre la realidad y la ficción, entre lo que se muestra y lo que se oculta.
Pensando en las dos exposiciones, sorprende la diferencia en cuanto a la manera de abordar la incansable temática de la identidad, por una parte, a través de la percepción de un extranjero y, por otra, la forma de entenderla de los mexicanos. Terminé por cuestionar el sentido de esas historias, y de la necesidad por la construcción de un pasado común. Pensé, una vez más, en esas ausencias y que a pesar de lo dicho y lo no dicho, de lo que nos enseñan y de lo que aprendemos, eso que llamamos identidad es un efecto que todavía perdura en nuestra soledad deseosa por entablar un diálogo que nos acerque a otros y por compartir imágenes, su representación, y sus inferencias.
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